Ya con el abasto seguro para algunas semanas, los campesinos se dedicaron a trabajar sus tierras y Justo no fue la excepción. Con las semillas que habían conseguido confiaban en conseguir una buena cosecha; pero el destino tenía otros planes.
Después de laborar en su milpa, nuestro amigo se dedicaba a buscar trabajo; ya sea de albañil, peluquero, de cargador, en fin, hasta de domador de caballos si se ofrecía la oportunidad; todo con tal de llevar algunos centavos a su casa para mantener a su familia; pues, si bien es cierto, que el maíz era gratuito y le daban su diaria ración en palacio municipal, lo demás tenía que pagarlo.
Terminaron de sembrar y esperaron la época de lluvias, pero esta nunca llegó; en su lugar se presentó una intensa sequía como no se había visto desde hacía ya muchos años; esto obligó a nuestros amigos a redoblar esfuerzos y regar en forma más constante las milpas, en un intento desesperado de salvar el alimento futuro de sus familias.
